domingo, 24 de octubre de 2010

La Maracaibo de Rafael Urdaneta


Un poblado pobre, pero con señorío. La Maracaibo de finales del siglo XVIII, vivaz y alegre, hidalga y heroica, sencilla siempre, vio nacer un día como hoy, en 1788, a su máximo prócer, el general Rafael Urdaneta.



Se ganó, con sangre y pólvora, su escudo de manos del rey Felipe IV, al resistir a los embates de los bucaneros y los indios en los años 1500 y 1600. Y después se convirtió en una plácida ciudad, con la paz y el amor al Rey como principal premisa.

José Domingo Rus, diputado de la ciudad ante las Cortes de Cádiz en 1812, señalaba: “Maracaibo vivía en esplendor y civilidad, con gobierno, tropas de todas armas, oficinas públicas, Cabildo, capital, buques, comercio, buen trato y otras mil ventajas para la vida civil”.

La familia del futuro general Urdaneta se asentó en Maracaibo en 1655, recuerda el autor colombiano Camilo Riaño, uno de los últimos en escribir una biografía de “El Brillante”.

Miguel Gerónimo Urdaneta y Troconis se casó en segundas nupcias con la altagraciana María Alejandrina de Farías y Jiménez. Ya tenía cuatro hijos de su primera boda, con Concepción Fernández; procrea once vástagos más. Uno de ellos era Rafael José, cita el historiador Adolfo Romero Luengo.

La familia se desarrolló en el ámbito agropecuario. A pesar de tener escudo de armas, lo que demostraba hidalguía, ejercieron labores del campo, considerado como “oficio de plebeyos”. Era consecuencia de la pobreza de los llamados nobles: “La idea de su origen ilustre era el plato más nutritivo de que disponían”, indica el viajero y agente francés del siglo XIX, Francois De Pons.

Cuenta el historiador Ángel Emiro Govea sobre los Urdaneta: “La vocación hacia la labranza y las faenas agropecuarias les lleva hacia un aledaño campestre, hacia el techo solariego de ‘Hato Viejo’, en la zona parroquial de El Carmelo (...) los primeros pasos los da el pequeño Rafael José acompañando a sus progenitores a presenciar el ordeño mañanero de vacas y cabras, a la recolección de frutos de la huerta”.

Desde entonces aparece la duda, resuelta por la historia, del sitio de nacimiento del general Urdaneta. ¿Vio la luz en la actual La Cañada de Urdaneta o en Maracaibo? Lo resuelve la fecha de nacimiento (24 de octubre de 1788) y la de bautizo, apenas un día después en la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo, ubicada a algunos metros del cerro El Zamuro, lugar donde estaba la casa de la familia en Maracaibo (hoy, sede del Museo Urdaneta).

Poco más de doce mil personas, relata el historiador Pedro Guzmán en sus Apuntaciones Históricas del Estado Zulia, vivían en el poblado.

“La ciudad de Maracaibo continuaba situada como en su fundación: su parte principal, sobre la orilla de un pequeño golfo formado por el Lago, hacia el oeste, y que abarcaba la extensión de una legua. La otra parte, hacia el norte en la garganta del Lago; llamándose Punta de Arrieta aquella en principia el golfo, situada ésta al frente de la que llaman de Santa Lucía”.

El Lago era la principal forma de comunicación con el resto del planeta. Mestizos y mulatos la mayoría, blancos, indios y unos pocos esclavos negros, todos se reunían en el puerto cuando llegaban las barcazas, fondeados los buques en la lejanía, trayendo y llevando mercancías, café y cacao de los Andes, o productos del Sur del Lago.

El marabino siempre ha sido un pueblo amante de su Lago, bullicioso y alegre. Refiere el francés De Pons la facilidad con la que los hijos de esta tierra nadaban y realizaban navegación de cabotaje. La mayoría de los habitantes se unía a la marina del Rey, o al ejército: el que no, se quedaba labrando la tierra.

El común de la gente le tenía aprecio a la literatura, pese a que eran pocos los sitios de educación pública en la capital de la provincia.

“Se reconoce que los habitantes de esta ciudad poseen actividad, genio y coraje (...) Pero se les acusa de violar sus promesas e, incluso, intentar romper los compromisos por escrito”, describe De Pons.
La mayoría de las viviendas en el Maracaibo daban, en palabras de Guzmán, un “feo aspecto”, ya que tenían techos de junco y pocas de argamasa y teja.

Ésta era la Maracaibo de Urdaneta, la que lo vio nacer en 1788 y a la que liberó en 1821 y a la que amó con devoción infantil.

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