Sucre, el ángel de la guerra


Desde lo alto de su caballo, Antonio José de Sucre presenciaba la batalla. Vestía levita azul cerrada con hilera de botones dorados, con pantalón azul, charreteras de oro y un sombrero apuntado con orla de pluma blanca. Ojos castaños, labios finos, nariz larga y puntiaguda, con cabellos negros y ensortijados. Hidalgo, metódico, poco efusivo. El cumanés cerró, en Ayacucho y a la cabeza de 5.780 efectivos, 300 años de combate contra el invasor español, ante 9.310 soldados.



El héroe de la jornada del 9 de diciembre de 1824 estaba en el pináculo de su historia personal, que se unió a la de América toda. Sólo tenía 29 años, pero a sus espaldas quedaban dos países liberados (Ecuador y Perú) y uno más que ayudará, en el futuro, a fundar: Bolivia.

¿Quién era este hombre a quien la fortuna mimaba como al primer hijo de la familia? Sucre nació el 3 de febrero de 1795 en Cumaná. Se le bautizó con el nombre de Antonio José Francisco, hijo del teniente de infantería Vicente Sucre, descendiente de flamencos, y María Manuela Alcalá.

La desgracia lo signó de por vida: quizá de allí su carácter taciturno, introvertido. Perdió a su madre a los siete años, por enfermedad. La Guerra de Independencia se devoraría la vida de seis de sus hermanos.

No pudo tener una vida tranquila al lado de su esposa, la marquesa Mariana Carcelen, debido a su labor guerrera y política. Moriría asesinado apenas a los 35 años, el 4 de junio de 1830. Ni siquiera sobrevivió la hija del matrimonio, Teresita, muerta en un “accidente” sufrido a manos del segundo esposo de su viuda.

Pero Sucre nunca odió. No se le conoció por vengativo. Borró, en 1820, el Decreto de guerra a muerte que regularizó Bolívar aquella fría madrugada de 1813 en Trujillo. La capitulación de Ayacucho es su legado máximo de perdón.

“La clemencia, la magnanimidad, la absoluta, consciente y resignada sumisión al deber (...) he aquí lo que componía el fondo de la naturaleza del hombre”, apuntó el chileno Benjamín Vicuña Mackenna en su obra El Washington del sur.

Fino en el trato, todo un caballero, pero desgarbado en la equitación. Gran espadachín, excelso valsista, no escribía como poeta, pero hablaba con sencillez y de forma directa.

Era severo en sus juicios. Recordaba Bolívar, en el Diario de Bucaramanga escrito por Perú de LaCroix:

“Si en política no es un defecto el juzgarlos (a los seres humanos) peores de los que son en realidad, el general Sucre tiene el de manifestar demasiado el juicio desfavorable que hace de ellos. Otro defecto es el de querer mostrarse demasiado sencillo, popular y no saber ocultar bien que realmente no lo es”.

Gerhard Masur, en su biografía de Bolívar, cuenta que Sucre, “como la mayoría de los introvertidos, era sensible y se le podía herir fácilmente; su mayor debilidad era precisamente una sensibilidad exagerada y casi infantil”.

Es de recordar el “encontronazo” del cumanés con Bolívar, cuando éste le encomienda el traslado de los heridos y pertrechos antes de Ayacucho, un trabajo que se le designaba a los simples ayudantes de campo. “La gloria está en ser grande y ser útil”, respondió el caraqueño.

Las balas alevosas acabaron con su vida. “Venguemos a Sucre... Vénguese a Colombia, que poseía a Sucre, al mundo que lo admiraba, a la gloria del ejército y a la santa humanidad impíamente ultrajada en el más inocente de los hombres”, clamó Bolívar.

Y hoy América le recuerda, con admiración, como el ángel al que le tocó pelear en la Guerra de Independencia.

La fisonomía del cumanés: “Se parecía mucho a Simón Bolívar”

El capitán Richard Vowell, un británico que sirvió en Suramérica durante la Guerra, describió al general Sucre: “Se parecía mucho a Bolívar por la cara y por el cuerpo. Su tez era aún más blanca que la del jefe supremo; estaba ligeramente señalada por las viruelas y no usaba bigotes. Sus facciones eran suaves y sus modales, elegantes”.

Carlos Tobar, otro ex combatiente, dejó una reseña curiosa: “Sonreíase con alguna frecuencia, pues era hombre vivo e insinuante, y descubría los dientes blancos e iguales. No reía sino difícil y momentáneamente: nunca fue propenso a las ruidosas demostraciones de la alegría, del pesar o de la cólera”.

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