Rafael Urdaneta, el caballero del Lago


Sereno, sencillo, constante. Ambicioso, severo, vicioso. Responsable, tenaz, activo. Noble, caballeroso... brillante. El bronce lo cubre, el mármol lo inmortaliza. El óleo de las pinturas y los pergaminos lo elevan al olimpo americano. Rafael Urdaneta, el hijo preclaro de Maracaibo, nació hace 220 años, el 24 de octubre de 1788. Hijo de Miguel Gerónimo Urdaneta y María Alejandrina Faría, joven partió a Bogotá, donde le tomó el grito de independencia de la Nueva Granada.



Desde allí ascendió en la carrera militar, uniéndose a Simón Bolívar. Cuando nadie creía en aquel “calavera”, flaco, pequeño y peleón, Urdaneta le dijo: “Si con dos hombres basta para liberar a la patria, pronto estoy a acompañarlo a usted”.

Así le dio su amistad a El Libertador, hasta más allá de su muerte, el marabino, de 1,73 metros, delgado, siempre peinado hacia atrás, como lo retrataron Tito Salas y Martín Tovar y Tovar. En la Nueva Granada le vieron utilizar bigotes, con largas patillas.

En la época terrible de la Guerra a muerte, Urdaneta se distinguió como uno de los más nobles militares venezolanos. No derramó sangre por gusto, sino cuando la justicia así lo exigió.

Las batallas no escondieron la personalidad del marabino. Y sin embargo, descubrir a un Rafael José de carne y hueso es labor que ha sido olvidada, minimizada o reducida por los historiadores patrios, en su afán de hacer, de hombres, dioses.

Salvador Madariaga, español que intentó hacer una biografía de Bolívar sólo utilizando fuentes contrarias a El Libertador, describió a un Urdaneta en 1817, en Margarita, “acostado en una hamaca, dócil, caminando luego con una mujer de cada brazo”.

En esa misma etapa, Madariaga destaca su gusto por el tabaco. Lo ratifica el general en una carta a su amigo, Mariano Montilla, signada en 1828: “Agradezco mucho los habanos, aunque no han llegado; avisaré a usted si son buenos, y no irán al cajón vacío”.

Como militar, Urdaneta se consagró como uno de los mejores estrategas, después de hombres como Bolívar, en Venezuela. Pese a que ganó 20 combates y perdió siete, siendo sitiado dos veces, no estuvo en las grandes batallas que pasaron a la historia de América, como la segunda de Carabobo y Boyacá.

¿La razón? Su “mala suerte”, traducidas en enfermedades, incluyendo el cálculo vesicular que le costó la vida en 1845.

El 24 de agosto de 1821, El Libertador evoca la “mala pava” de Urdaneta: “Si Ud. pierde la ocasión de conducir nuestra bella Guardia a los hermosos campos de la gloria, debe darse un pistoletazo, porque la mala suerte le impide lo único que desea su corazón, y la sola cosa que es digna de hacerle soportar las miserias humanas”.

Sin embargo, la primera batalla de Carabobo y la defensa de Valencia, ambas en 1814, así como la retirada de Occidente, mostraron a un Urdaneta de cabeza fría, seguro en sus movimientos, fuerte a la hora de tomar decisiones.

“Serenidad, valor, nunca perdió la cabeza ni se dejó arrastrar en melancólicas exclamaciones”, resalta el colombiano Joaquín Tamayo, en su obra Nuestro siglo XIX, la Gran Colombia.

En medio de las balas, del desasosiego de las conspiraciones o de la tranquilidad de su hogar, nunca dejó que el mal humor le carcomiera. Como buen maracucho, Urdaneta era hombre de chanzas y dichos cómicos, algunas veces pocos diplomáticos.

El 21 de enero de 1823, le escribe, desde La Grita (hoy estado Táchira) a su entonces amigo, el general Francisco de Paula Santander: “Estoy asado con los griteños. No puedo conseguir un posta ni más hombre que el juez político que se vino conmigo (...) Así pues, no extrañes que ahorque ya a alguno de esos diablos, si los cojo”.

“Vamos a la mecha”, cuenta a Antonio Leocadio Guzmán, en misiva del 8 de marzo de 1828. “Quevedo está al casarse con Concha Arbelo: casamiento santo, él sin capa y ella sin manto”.

La sucesión de conspiraciones, como la de septiembre de 1828 y la erosión de la Gran Colombia, le dieron alas a Urdaneta de pensar en una monarquía a la francesa como tabla de salvación de la nación. Mantuvo conversaciones con enviados galos, entre éstos el hijo del Mariscal napoleónico Lannes, Duque de Montebello, para establecer a Bolívar como rey de Colombia y, posteriormente, un monarca europeo.

“Una monarquía constitucional es lo único que puede dar vida a Colombia”, acotaba el prócer marabino en una carta a Montilla, en 1829. “Si se tiene miedo al nombre, que yo no lo tengo, ocúltese si es posible, pero que lo sea en realidad, aunque se llame cualquier cosa”.

Aunque un cumplido caballero y limpio en sus cuentas estando en el poder, la pasión por el juego le movía. Recuerda Adolfo Romero Luengo, en su obra Presencia vital de Urdaneta en la emancipación y en el gobierno de Colombia la grande, que hasta perdió dos casas en Maracaibo con el coronel Nicolás Joly, por una apuesta.

“Una de ellas fue entregada bajo documento de venta, en tanto que la otra, legalizada igualmente la venta, quedó siempre en su poder, por estar ocupada con la familia. Así fue convenido, entre amigos, además”.

Con la caída de la Gran Colombia y la persecución a la que fue sometido “El Brillante”, se expulsó a su familia de la casa. “Él sabía que debía entregarla, mas no esperaba que se le obligase en tal forma. Era un nuevo golpe moral. Y cumplió”, cuenta el historiador altagraciano.

Era orgulloso Urdaneta, con un orgullo a lo inglés. El historiador alemán Gerhard Masur, biógrafo de Bolívar, rememora una felicitación de “El Libertador” a Sucre, en la que exaltaba como “el más digno de los generales de Colombia”.

“Ese juicio sobre Sucre era completamente justo, pero Urdaneta se sintió muy resentido”, completa el germano. Bolívar intentó enmendar su dicho escribiendo “uno de los más dignos de Colombia”, pero el daño estaba hecho.

Urdaneta, casado con la abnegada Dolores Vargas y padre de once hijos, siempre se mantuvo al lado de lo noble y lo limpio. El caballero del Lago, que murió en el cumplimiento de su deber en París, Francia, el 23 de agosto de 1845, se mantendrá en la historia y la memoria de los marabinos.

Un “dandy” inglés

Charles Stuart Cochrane, comandante de la Marina inglesa, conoció a Urdaneta y a su mujer, Dolores Vargas, en Bogotá: “El general Urdaneta y su esposa merecen que se les llame gente de buen tono; ambos harían distinguido papel en nuestra sociedad de Londres. Él es un hombre particularmente hermoso, bien educado, de las más cumplidas maneras y se pirra por la indumentaria más que ninguno de nuestros ‘dandys’ de Hyde Park. Su mujer es bonita, despierta, agradable, y luce de maravilla en un salón de baile”.

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