La Guerra relámpago de Bolívar: 200 años del final de la Campaña Admirable

“Nunca, con menos, se hizo más, y en tan poco tiempo”. Bartolomé Mitre, defensor de las glorias del argentino  José de San Martín, reconoce así la  de Simón Bolívar en la Campaña Admirable de 1813. Porque aquí no valen los celos históricos de nacionalidades o razas, sino el verdadero valor de los hechos. A 200 años se ratifica el peso del Libertador venezolano en las grandes hazañas militares de todos los tiempos.



 El primer gran movimiento del caraqueño por la libertad venezolana. El primer peldaño en su escala hacia la inmortalidad. El camino de Bolívar y sus compañeros hacia Caracas, como un terremoto que nació en la frontera andina con la Nueva Granada, se convirtió en uno de los capítulos más heroicos de la Guerra de Independencia.

 Derrotado en 1812, el emigrado caraqueño llegó a Cartagena en octubre, procedente de Curazao. Humillado en Puerto Cabello con la pérdida de la fortaleza, que se convirtió en la “herida en el corazón de Venezuela”, como la catalogó el generalísimo Francisco de Miranda, la Campaña Admirable lo redimió ante sus compatriotas.

Luego de borrar, como comandante del pequeño pueblo neogranadino de Barrancas, a las fuerzas realistas en las cercanías del río Magdalena, con 70 hombres tomó la villa de Tenerife, pasando por el Guamal, el Banco, Tamalameque y el Puerto Real de Ocaña. Su nombre comenzaba a hacer eco entre las autoridades neogranadinas.

“En menos de dos meses habéis terminado dos campañas y comenzado una tercera que empieza aquí y debe concluir en el país que me dio la vida”, proclama Bolívar a su tropa. “La América entera espera su libertad y salvación de vosotros, impertérritos soldados de Cartagena y de la Unión. Corred a colmaros de gloria, adquiriéndoos el sublime renombre de libertadores de Venezuela”.

Contra la resistencia del coronel cartagenero Manuel del Castillo y Rada, procedió el brigadier Bolívar a la invasión a Venezuela, con apenas 500 hombres, pero con oficiales que se cubrirían de gloria en el camino a Caracas, como los criollos  José Félix Ribas y  Rafael Urdaneta y los neogranadinos Atanasio Girardot, Antonio Ricaurte y Luciano D’Elhuyar.

Urdaneta, en sus memorias, explica la composición del ejército: “General en jefe, brigadier Simón Bolívar; mayor general, comandante Rafael Urdaneta, unido a Bolívar en Cúcuta con los restos del tercer batallón de que era comandante.

Edecanes del General en jefe: Juan José Pulido, venezolano; Fermín Ribón, momposino; José Jugo, unido en Mérida, venezolano; Pedro Briceño Méndez, venezolano; N. Pumar, venezolano.

Oficiales granadinos: Comandante de vanguardia, Atanasio Girardot, comandante del cuarto batallón. Mayor de vanguardia, capitán Luciano D’Elhuyar; comandante de artillería, José Tejada.

División de retaguardia: comandante, el coronel José Félix Ribas, venezolano. Y otros menos notables”.

Agrega a pie de página Urdaneta a efectivos como los bogotanos José María Ortega y  Antonio París y el maracaibero José Castillo, que también provenía de la capital neogranadina.

Ribas, fogoso político que en 1810 se encargó de levantar a las masas de pardos en Caracas, tío político de Bolívar, se erigió como uno de los grandes líderes militares de esta campaña. Suyos fueron los laureles recogidos en Niquitao y  Los Horcones.

Augusto Mijares habla sobre el aporte del marabino Urdaneta: “Es entonces cuando el coronel venezolano Rafael Urdaneta le escribe a su jefe y compatriota: ‘General, si con dos hombres basta para emancipar la patria, pronto estoy a acompañar a usted’. Era el comienzo de un voto de abnegación y de valor moral en que aquel austero oficial jamás desfallecería; y si Bolívar se llamó a sí mismo ‘el hombre de las dificultades’, a Urdaneta hubiera podido titularlo con razón ‘el hombre de las responsabilidades’, porque siempre estuvo dispuesto a asumir sin vacilar las más arduas y peligrosas”.

 “Aquí es donde comienza la historia heroica de Venezuela”, señala Rafael María Baralt en su Historia. “Sean cuales fueren los errores que una vez pasados los peligros engendraron la paz, el ocio militar y la ambición, no deben olvidarse aquellos días en que un puñado de hombres valerosos osó concebir y ejecutar con inauditas proezas la libertad de la patria”.

A los nueve días de la marcha desde San Antonio del Táchira, los expedicionarios pasaron a Mérida, el 23 de mayo (Baralt indica que fue el 1  de junio). La ciudad de los Andes le dio al líder el título de Libertador, con el que pasó a la historia, y 500 efectivos más.

Girardot, con poco más de 400 soldados, se lanzó hacia Niquitao, donde se encontró con el coronel Ribas, que llegó desde San Cristóbal. El 3 de junio desbarataron al contingente realista, favoreciendo la entrada de Bolívar.

De Mérida pasó el Libertador a Barinas y luego a Trujillo, donde firmó, el 15 de junio, el Decreto de Guerra a Muerte, que refrendó las primeras amenazas a los españoles que emitió desde la capital emeritense.

 “Españoles y canarios, contad con la muerte, aún siendo indiferentes, su no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos, contad con la vida, aún cuando seáis culpables”, sentenció Bolívar, en la fría madrugada trujillana.

Bolívar saldría a Barinas, donde desalojó al español Tízcar; a la par, el 2 de julio, Ribas venció al coronel José Martí en la batalla de Niquitao. El coronel, pasando a Barquisimeto, destrozó en Los Horcones a José Oberto.

El 31 de julio le correspondería a Bolívar vencer, en Pegones y Taguanes, al coronel Izquierdo. El camino a Valencia estaba limpio, y el Libertador arribó a la ciudad el 2 de agosto. Monteverde y compañía, ante el avance del genial caraqueño, procuró resistir en Puerto Cabello.

Dos días más tarde, Bolívar aceptaba la capitulación propuesta por los españoles, arribando a Caracas, la tierra de sus afectos, el objetivo final de la marcha.

 “Ha recorrido los últimos seiscientos kilómetros en 30 días y ha derrotado, por el momento, a los diez mil realistas que se le oponían”, recuerda el historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González en su biografía de Bolívar. “¿En dónde había aprendido Bolívar a hacer la guerra? ¿De dónde tuvo la inspiración de la “Guerra a muerte”? ¿Cómo fue posible una campaña de dos mil kilómetros de recorrido sin una sola derrota?”.

 Era Bolívar, el rayo, el relámpago, el  gran conductor de tropas.

“El 6 de agosto”, narra el historiador colombiano Jules  Mancini en su biografía sobre el genial caraqueño, “hacia media tarde, el ejército libertador pasó las floridas orillas del Guaire, y Bolívar penetró en fin en su ciudad natal. Había deseado, sin quizá atreverse a esperarlo, que el triunfo preparado alcanzara las proporciones de su ensueño y fuese como el primer florón de aquella corona prodigiosa que habría de consagrar más tarde la obra que tenía ya en vida su pensamiento”.

 La fecha de llegada de Bolívar a la capital genera discordia entre los expertos suramericanos. Mientras el general  Urdaneta en sus memorias, Mancini, Felipe Larrazábal, José Manuel Restrepo y el general Eleazar López Contreras nombran el 6 de agosto, Francisco Javier Yanes,  Baralt, Vicente Lecuna,  Mijares y  Rumazo González  tienen el 7.

 Las descripciones sobre la entrada del vencedor a la capital venezolana rememoran los tiempos de la Roma imperial.  “El joven general, con uniforme de gala, a caballo y empuñando el bastón de mando cuajado de estrellas de oro, se había adelantado, a la cabeza de sus tropas, hacia el arco de ramas y de flores levantado a la entrada de la ciudad”, cuenta Mancini, citando al aventurero francés  Ducoudray Holstein.

“Una multitud entusiasta le esperaba, formando una doble hilera en la larga avenida que conduce a la plaza Mayor”, continúa el militar. “Agarrados a las rejas de las ventanas, apiñados en los balcones y las azoteas, los espectadores saludaban con inmensa aclamación. La artillería, las campanas, las charangas se mezclaban con los vivas que hendían el aire ligero, en donde a trechos ondeaban banderas”.

El Libertador, título que sería ratificado el 14 de octubre  por la municipalidad caraqueña, subió posteriormente a un carro llevado por doce doncellas de la clase alta caraqueña, “todas ellas bonitas y admirablemente ataviadas”, de acuerdo con Ducoudray.

 Narraba el Libertador, ya como presidente de la Gran Colombia, a Perú de Lacroix en el Diario de Bucaramanga: “El principal objeto era apoderarse de la capital de Venezuela antes que los enemigos conociesen la debilidad de sus medios de defensa; en posesión de Caracas, pensaba entonces poder aumentar su ejército y oponer fuertes divisiones a los enemigos que durante su marcha se hubieran rehecho en los varios puntos laterales a que se habían retirado; que para esto contaba con un patriotismo y entusiasmo que no había encontrado en Venezuela”.

 Era el acero que pretendía forjar Bolívar. Luchar contra “el poder español y el respeto y el miedo que les inspiraba (...)  los esfuerzos del fanatismo arrastraban todavía a los pueblos y los tenían más inclinados a seguir bajo el yugo peninsular que a romperlo”.

 “Con razón se llamó Campaña Admirable ésta, realizada por el Libertador”, considera Mijares. “Por primera vez, él y los jefes orientales, habían probado que con tropas bisoñas e inferiores en número podían derrotar a los mejores oficiales realistas; y su concepción de la guerra ofensiva y de apelar directamente al pueblo para incorporarlo a la lucha indicaban a la América la estrategia que le daría el triunfo”.

Vendría 1814, con su orgía de sangre y fuego, a hundir de nuevo a la República. Mejores horas vendrían en el futuro, con el mismo espíritu de la Campaña Admirable de 1813, pero con mayor fuerza, resolución y poder.

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